Cruje la cama al levantarte a las siete de la mañana. Estornudas. Alergia a madrugar. Ducha rápida para quitarte la pereza y desayuno sencillo para no llegar canino al trabajo. Media hora desde que sales de casa hasta que entras por la puerta. El autobús va más vacío que de costumbre. En el trabajo la calefacción sigue rota y la estampa es de película de terror. Gente sentada en sillas de oficina con los abrigos puestos. Unas contadas estufas eléctricas que apenas calientan un metro cuadrado. A las nueve suele llegar la jefa. Hoy ni eso. Es viernes de cojones.
Los pinos de mi abuelo siguen escondidos. La diputación foral de Bizkaia no ha respondido a mi instancia. Les escribí después de que el documental ‘Berdea’ despertase en mí el interés por conocer más sobre mis raíces. Sé que mi abuelo nació en Zeberio el 27 de marzo de 1922 y que tuvo nueve hermanos.
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| Foto de la familia Iturrioz Solachi |
En algún momento, junto con otro hermano, compraron terrenos para plantar pinos. Sin embargo, aquella información no se ha transmitido de manera eficiente a los descendientes. En mi casa siempre ha sido un tabú y, con ánimo de saber, más que de administrar unas fincas de ‘pinus radiata’, he escrito una instancia a la Dirección general de catastro y servicios preguntando por la cuestión.
Juan, arriba, segundo por la derecha, murió el 3 de enero de 2010. Estábamos en Galdakao porque era Navidad. Unos días antes, en Nochebuena o Navidad, experimentó un resurgir mágico después de comer. En la sobremesa, cogió una pandereta, se levantó de su silla-trono de madera y cantó. Diez días después murió. Alguna noche de las que pasamos en Aperribai, el piso donde nos quedábamos cuando íbamos a ver a los abuelos más de una tarde, le cogí prestado un cigarrillo a mi tío. Eran duros de fumar, unos Ducados azules, tabaco negro del que ya casi nadie compra. Mi tío Juancar igual sabe dónde están los pinos, pero le veo dos veces al año y no le voy a preguntar. Mi madre me ha dicho que hasta hace unos años se cobraba el IBI correspondiente a esos terrenos. Sin embargo, no sé si ese IBI correspondería a los montes o al caserío familiar que acabó demolido.
Hace unos meses fui con Carmen para que conociese a mis abuelos. Arriba, en el centro, Fabiola Pardo Royo y Juan Iturrioz Solachi.
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| Lápidas de mis abuelos en Zeberio |
También hace unos meses, junté unas palabras sobre mi abuela Fabiola:
Hoy es el aniversario del nacimiento de mi abuela Fabiola. Nació en Borobia, Soria, en 1928 y, a los pocos años, se trasladó con sus padres, Jacinta y Marcelino, y su hermana, Aurora, a Ainzón, Zaragoza. Cursó estudios superiores de magisterio y ejerció como maestra desde los veintipocos en zonas rurales del Alto Aragón.
Tenía más de treinta años cuando conoció a Juan, quien se convertiría en su marido y padre de sus tres hijos. Él trabajaba por España en la construcción de grandes infraestructuras y en una de ellas, pongamos que fue un pantano en Aragón, la maestra de los hijos de los trabajadores era Fabiola. Era una práctica común en estas grandes construcciones montar en torno a los asentamientos de los obreros una escuela y un consultorio médico para dar servicios básicos a toda la gente movilizada. Las familias enteras se mudaban siguiendo los pasos del cabeza de familia. Juan estaba soltero y había salido hace unos años de Zeberio, una aldea en Bizkaia cercana a Miraballes. Fabiola daba clase donde se encontraba la obra. Desconozco cómo fue su primera cita pero allí tuvieron que conocerse. Desde entonces y hasta su muerte juntaron sus caminos. Tuvieron tres hijos. Primero nació Juan Carlos, en 1963, un año más tarde Arantza y en 1968 Pilar. Los dos primeros nacieron en Tenerife y la tercera en Galdakao.
Fabiola Pardo Royo y Juan Iturrioz Solachi son los abuelos con los que más tiempo he pasado. Vivían en Galdakao, Bizkai kalea, no me acuerdo del portal, en la décima planta. Ambos descansan en el cementerio de Zeberio desde 2019 y 2010, respectivamente. Fueron unos abuelos mayores, cuando yo nací aitite tenía setenta años. Tuvo unos últimos años con muchos achaques y de sus nietos solo Ali y yo podemos recordarle con algo más de vitalidad.
Por detalles de su biografía imagino a la abuela como una mujer independiente y, a su modo, moderna. Quedó huérfana de padre y madre joven, entre la adolescencia y la primera adultez. Su madre fue maestra en una época en la que las mujeres no solían tener estudios universitarios. Su padre estuvo en Uruguay una temporada intentando ganarse la vida pero volvió con los bolsillos vacíos. Durante muchos años, hasta que conoció a mi abuelo, vivió soltera en pueblos en los que apenas había servicios básicos como agua o luz, dando clase a grupos de niños que se reunían sin distinciones de edad en las escuelas. Cada uno aprendía a su ritmo. Cuando había que ayudar en el campo y tenían la edad suficiente para ser útiles como mano de obra, los niños abandonaban las clases. Eso los niños, porque las niñas, imagino yo, quedarían muchas en casa ayudando a las labores domésticas en cuanto tuviesen la enseñanza básica. Con estos ingredientes se hizo la abuela. De mayor tenía carácter, como su hermana que aún vive y tiene 102 años. Yo fui su primer nieto, hatsumago en japonés. En español no hay una palabra que aglutine este significado. Sus últimos años de vida apenas la vi. Ya estaba enferma y me daba pena. Mamá iba mucho en coche a verla. Entre semana iba y volvía en el día después de trabajar. Me apena que no haya conocido a Carmen. Sí conoció a Aurora cuando fuimos la Semana Santa de 2024 a Jaca.
Esto de pensar en la familia no es nada original. Todo el mundo lo hace. Aunque no todos como mi padre, que es un profesional. Consulta documentación de parroquias, escribe a registros y contrasta los datos de los que caben dudas. Está obsesionado porque lo que nos transmita sea claro y meridiano. Le espanta que nos quedemos con una información inexacta de qué hicieron nuestros antepasados. Él sobre todo tiene información de sus abuelos, nuestros bisabuelos: José de Torres y Javier Beldarrain, hosteleros. Para no pecar de inexacto no diré nada de ellos.
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| Postal de la empresa Javier Beldarrain |
No es la primera vez que Seur me hace el lío. Ayer no vino el transportista a por la mercancía y, sin ninguna explicación, se modificó la fecha de recogida para el día siguiente. Es una empresa que nos hace sudar cada vez que contamos con ella. Seguimos trabajando con ellos porque no conocemos otra que haga el servicio de transporte de material voluminoso. La última vez que hice algo con ellos me pasé un par de semanas penando para que regresara el material que habíamos enviado para el congreso en Granada. Esta vez han fallado en el paso, a priori, más sencillo. La recogida en nuestras instalaciones. El mundo de la logística te hace ver lo dependiente que eres del resto.
El lunes di una patada a Juanpy tan fuerte que todavía me duele el pie. La zona del dedo gordo hacia el empeine. Por eso esta semana no he salido a correr, aunque creo que hoy ya estoy preparado para trotar media hora. Me gustaría coger el coche e ir a las Marismas negras y blancas de Astillero. Hace mucho que no voy y allí puedo hacer un circuito que se ajusta perfectamente a lo que necesito.
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| Circuito para correr por Astillero |
Seguiremos informando.









