Mis hábitos tabáquicos todavía me impiden llegar al trabajo sin haber fumado. He eliminado el cigarro del desayuno y tampoco consumo ese primer chute de nicotina en la marquesina del autobús, esperando al 5C2. Caigo en el trayecto que hago andando hasta el trabajo. Mi próximo objetivo es retrasar ese primer cigarro del día hasta bien entrada la mañana y tengo un plan. Pasa por llevar cada día un caramelo que me calme la ansiedad en los cinco minutos que tardo desde la parada de Camilo Alonso Vega hasta el Hospital virtual. No tengo dudas de que seré capaz de hacerlo. Más difícil me parecía eliminar el cigarro del desayuno, que me acompañaba desde hace unos diez años, y no fue para tanto.
El tabaco está conmigo a diario desde que me fui a Lisboa de Erasmus. Desde que llegué a Portugal en septiembre de 2012 mi relación con el tabaco cambió y pasé de ser fumador social-no tenía siempre tabaco, ni falta que hacía- a fumador de diario -no recuerdo el último día en que no fumé nada-. Fumo en torno a diez cigarros al día. Tal vez menos entre semana, alguno más si salgo con los amigos.
Desde hace meses he dejado el tabaco de liar por el industrial. Por una marca específica: R1 azul. Tengo entendido que es de los que menos nicotina tiene. Antes de comprarlo bromeaba llamándolo tabaco para embarazadas. No sé si es así o si es pura sugestión, pero creo que mi dependencia física ahora es menor. Aunque no todo es biología, también está la dependencia mental.
El paquete de veinte cigarrillos de R1 azul cuesta 6,30 euros y suelo comprarlos de dos en dos. Del último que he abierto me quedan seis. Lo empecé el lunes después de ver a mis padres, hacia las cinco de la tarde. Ahora son las nueve de la mañana del miércoles. Cuando termine la sesión sobre cáncer de mama, recogeré la sala y bajaré a fumar el segundo cigarro del día.
Mis hábitos han cambiado, así como el precio de la cajetilla que ya está por 6,70 euros. Ahora estoy fumando menos, sobre siete cigarrillos al día. El primero cae alrededor de las nueve. He cambiado la parada de autobús en la que me apeo. En la nueva ando menos y lo hago por los alrededores del hospital, donde no se puede fumar. Así que llego al trabajo con el contador a cero. Salvo sin problemas las dos primeras horas de vigilia hasta que pienso en el tabaco y, si no estoy concienciado en no caer, caigo. Más adelante, unas dos horas más tarde, vuelven las ganas y, dependiendo del día, hasta un tercero antes de comer. Luego ya está la tarde, cuyo estándar sería: después de comer, sobre las cinco, a las siete, a las nueve y después de cenar. Si sumamos todos dan ocho, pero muchos son los días que soy capaz de negarme alguno.
Hace unos días estuve ocho horas sin fumar y fue todo un hito. Fue el día que subimos el Curavacas. Despertamos temprano y sobre las ocho y media salimos de Lantueno rumbo a Vidrieros. Poco antes de esa hora eché el segundo cigarrillo del día. Pues bien, desde entonces hasta las cuatro y media, hora en la que terminamos la ruta, aguanté. Puede que tuviera que ver el hecho de que dejase la cajetilla en el coche.
Mi afición por hacer cuentas creo que juega en mi contra a la hora de no pensar en el tabaco. Son muchas las veces que abro el paquete para ver cuántos quedan y me pongo a contar cuantos he fumado ese día o hago memoria hasta saber cuándo empecé el paquete. Sé, porque lo dice el banco, que compré el lunes dos paquetes a las tres de la tarde y ahora me quedan seis cigarros. Significa que he fumado treinta y cuatro en cuatro días. Ahora son las cuatro de la tarde del viernes.
Hay algo horroroso en mi relación con el tabaco. Celebro que no he fumado, fumando. Sin ir más lejos, en cuanto termine estas líneas y las relea un par de veces, me fumaré un cigarrillo. ¡Qué asco!